Yo no soy un amigo, ni soy un sirviente.

Yo soy el gato que camina por sí solo y deseo entrar en tu cueva

Rudyard Kipling. Las historias de así fue. 1902

 

El origen de los gatos domésticos ha sido hasta ahora una historia llena de huecos y de presunciones acerca de lo que sucedió y cuándo sucedió. “Ha sido difícil conseguir información, es complicado encontrar restos de gatos” comenta a Cienciorama la Dra. Eva María Geigl, investigadora del Instituto Jacques Monod en Francia. “No es tan fácil como encontrar restos de animales que eran consumidos como alimento. Además, los restos suelen estar en malas condiciones”.

Algo ha de saber Eva María sobre el tema, ya que ella y sus colegas –un grupo internacional de científicos analizaron 352 restos antiguos de gatos hasta con 15,000 años de antigüedad. En ese entonces los humanos aún éramos cazadores-recolectores. De los 352 que tenían, sólo 209 fueron útiles para hacer el estudio. “El problema con el ADN antiguo –explica Eva María– es que se degrada fácilmente. Se rompe en pequeños pedazos. Especialmente si está en una zona cálida y húmeda”, características que definen bien a los lugares de donde se obtuvieron la mayoría de los restos: la costa este del Mediterráneo.

De entre los restos felinos que encontraron junto o dentro de asentamientos humanos, los más antiguos tienen cerca de 10,000 años de antigüedad y provienen de la zona de Anatolia –actual Turquía- donde la agricultura se desarrollaba predominantemente. Con mucha siembra hubo mucho grano; mucho grano atrajo a muchas ratas, y con muchas ratas llegaron los gatos.

Existen aún cinco subespecies de gatos salvajes (Felis silvestris), que ocupan distintas zonas de Europa, Asia, y África. Según los análisis de ADN -que también incluía ADN de gatos salvajes modernos- realizados por los investigadores; todas nuestras mascotas felinas descienden de una sola de estas especies: Felis silvestris lybica. Los gatos salvajes son animales solitarios que evitaban a los humanos e incluso a otros gatos. Pero al ver que los asentamientos humanos proveían de una ración constante de ratas y otros animales atraídos por los granos, los gatos empezaron poco a poco a tolerar a los humanos.

“En realidad no hubo que educarlos ni entrenarlos. Ellos ya cumplían una función que nos beneficiaba, eliminaban ratas, serpientes, alacranes, y otras plagas”, nos explica la Dra. Geigl. Así, convertidos en nuestros aliados, se volvieron una herramienta inseparable del desarrollo humano.

El análisis del ADN de los restos felinos, asociados a los asentamientos humanos de la antigüedad les pintó un mapa geográfico y temporal a los investigadores. “De Anatolia, los gatos pasaron a la región de Tracia que ahora ocupan Bulgaria y Rumania, hace cerca de 7,000 años. Al mismo tiempo que la agricultura se iba expandiendo por esa zona” afirma Eva María. De ahí pasaron al resto de Europa.

Pero no contentos con siete vidas, los gatos tienen dos orígenes. “Más o menos al mismo tiempo que migraron hacia Europa, encontramos que otro linaje de gatos –proveniente de Egipto– se empezó a expandir por Asia y Europa” cuenta la investigadora francesa. “Debieron de tener algo que a la gente le gustaba mucho, ya que su expansión fue muy rápida, a pesar de que había una ley egipcia en contra del tráfico gatuno”. A partir de las mezclas entre los dos linajes -ambos descendientes de F. s. lybica– y sus migraciones, surgieron las razas de gatos que conocemos actualmente.

Evidentemente al migrar los gatos no sólo conquistaron nuevas tierras, sino a nosotros mismos pues a donde íbamos, los llevábamos. “Siguiendo la historia de los gatos podemos trazar rutas comerciales e historias de guerras. Los gatos reflejan la historia humana” dice Geigl. Otra muestra de lo anterior es que durante mucho tiempo la marina inglesa tuvo prohibido a cualquier barco zarpar sin un gato abordo que protegiera la comida y las cuerdas de roedores indeseables.

Dentro de todo este ir y venir, los gatos domesticados no dejaron de cruzarse con F. s. lybica, su versión salvaje. Hasta hace realmente muy poco, cerca de mil años, se empezaron a controlar las cruzas de los gatos de manera similar a las de los perros. Nos faltan bastantes miles de años más para tener gatos tan dóciles y falderos como un labrador. Mientras, como diría Kipling, los gatos caminan por sí mismos, soportándonos, y deshaciéndose de nuestras pestes a cambio de un poco de comida y apapacho. A medio camino entre lo salvaje y lo doméstico.

Dentro de un mes, mis vecinos –amigos imponderables– se van de Cuernavaca para irse a vivir a Holanda. Y se mudan al otro lado del mundo con todo y sus cuatro gatos. Puede que a algunos les sorprenda, pero, al parecer, sólo están continuando una tradición humana que empezó hace cerca de 10,000 años.

 

Fuente: Ottoni, C. et al. The paleogenetics of cat dispersal in the ancient world. Nat. Ecol. Evol. 1, 0139 (2017). https://www.nature.com/articles/s41559-017-0139.pdf

Fotografía: Un gato que cuida de sí mismo y del Museo del Hermitage en San Petesburgo. El museo alberga a más de 70 gatos que se encargan de alejar a los ratones de sus galerías desde hace más de 250 años. Crédito: Anastasiia. Hermitage cats @ Instagram. Utilizada con permiso de la autora.

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