En la década de los ochenta, un campesino en Israel notó que el número de lechuzas blancas que observaba desde sus campos empezó a disminuir. ¿La razón?: él y los demás campesinos de la región utilizaban grandes cantidades de veneno para controlar a los roedores que se comían sus cultivos. Las lechuzas se comían a los roedores envenenados y caían también envenenadas.

El campesino pensó en otra manera de eliminar a las pestes. En lugar de envenenar a las ratas, era mejor aumentar la población de lechuzas blancas, y ellas se encargarían de los roedores. Así que se organizó con los campesinos de la zona y empezaron a construir cajas de madera para que las lechuzas vivieran ahí, y dejaron de envenenar a las ratas. La solución no funcionó tan bien como esperaban porque las lechuzas migran a otras zonas para seguir cazando y reproduciéndose, y si en estas zonas siguen envenenando a los roedores, la población no puede crecer. Pero poco a poco el proyecto de salvar a las lechuzas fue creciendo hasta volverse internacional.

“Los problemas ecológicos no conocen las fronteras”, comenta para Cienciorama el Dr. Alexandre Roulin de la Universidad de Lausanne en Suiza, y miembro del proyecto “Birds know no boundaries” (“Las aves no conocen las fronteras”). Hay grupos de lechuzas que se reproducen en el territorio del Estado de Palestina y cazan en Israel y viceversa. La situación política en el Medio Oriente es delicada y no siempre es sencillo hablar con tu vecino,“ pero no hay que hablar de política –dice el Dr. Roulin–, sólo hay que hablar del medio ambiente, de generar un símbolo en el que la gente pueda creer”. El proyecto “Las aves no conocen las fronteras” se volvió internacional hace ocho años, y han trabajado en él Israel, Palestina y Jordania. “Nos ayudó mucho contar con el apoyo de la gente que trabajó en los tratados de paz de la región en 1994, como Abu Rashid Mansour del gobierno de Jordania; él se dio cuenta del poder que podían llegar a tener los pájaros. Hablar de los recursos naturales es hablar en un idioma que todos entendemos y que a todos nos interesa”.

En el artículo publicado hoy 22 de marzo en la revista Trends in Ecology & Evolution, Roulin y sus colegas explican cómo se logró hacer de este proyecto un éxito dentro de los tres territorios. Para los investigadores es necesario trabajar desde el nivel de la comunidad –que la gente los conozca y entienda qué están haciendo– hasta el nivel internacional, para que los políticos y el ejército los apoyen. “Los ejércitos de Israel y de Jordania, que hace unos años peleaban entre ellos, ahora colaboran para cuidar de estas y otras aves” dice con una sonrisa Roulin. “Pero es muy importante tener a alguien involucrado que sea neutral para empezar a generar confianza y poder coordinar los proyectos”, añade el investigador desde Suiza.

El proyecto ha sido un éxito. Cada pareja de lechuzas es capaz de tener hasta once crías por año, y cada familia es capaz de comer hasta seis mil roedores anualmente. Pero el proyecto ha crecido en otras partes de la sociedad. “Vengo llegando del Mar Muerto –comenta el Dr. Roulin–, acabamos de tener un evento en el que artistas de Israel, Jordania, y el Estado de Palestina se reunieron a pintar el Mar Muerto y sus aves, rodeados por familias y niños de todos los territorios conviviendo y generando arte a partir de sus recursos naturales”.

Le comenté al Dr. Roulin que admiro su proyecto y que me da esperanzas, en caso de que el muro que Trump quiere construir en la frontera entre EU y México se haga realidad, que la biodiversidad de la frontera sea un interés común para tirar el muro desde ambos lados.Se prevé que las poblaciones de jaguares, ocelotes, y lobos podrían peligrar y desaparecer si el muro se erige. “Prometo enviarle mi artículo a Trump”, me respondió entusiasmado.

El proyecto “Las aves no conocen las fronteras” no sólo ha ayudado a las lechuzas blancas. El Medio Oriente es un cuello de botella por el que muchas especies cruzan en sus migraciones. Las poblaciones de lobos, zorros, murciélagos y muchas aves se han beneficiado con el proyecto, generando mayores beneficios para las comunidades en forma de ecoturismo.

Sin embargo, no comparto por completo la visión de Roulin. Hablar del medio ambiente debería de ser considerado como política. ¿Cuántas guerras y conflictos se pelean por petróleo, metales preciosos, o acceso al mar o agua potable? Los gobiernos deben de asesorarse sobre estos temas y aprender a construir desde ahí. El equipo de Roulin ha demostrado que la protección y restauración ambiental pueden generar proyectos que acerquen a los pueblos más distanciados, y que con ellas beneficias a todos. La conciencia medioambiental debe de ser preponderante en la política y en todas las sociedades.

Fuente: Roulin et al.: “‘Nature Knows no Boundaries’: The Role of Nature Conservation in Peacebuilding”. Trends in Ecology & Evolutionhttp://www.cell.com/trends/ecology-evolution/fulltext/S0169-5347(17)30057-5

Imagen. Dos granjeros, uno de Palestina y otro de Israel, sonríen mientras sostienen una lechuza blanca, en un seminario sobre conservación en Israel. Crédito: Hagai Aharon – Cell Press.

Anuncios