Imagina lo siguiente: llevas un par de semanas en el hospital con la peor infección estomacal de tu vida. Has perdido 30 kilos de peso, y necesitas una silla de ruedas para transportarte de un lado al otro. Entonces llega tu médico, con lo que esperas será una sentencia: tres días más. Una semana a lo mucho.

Pero en vez de eso el médico adopta ese tono de voz y el gesto que parecen decir “Sí, poseo un conocimiento absoluto acerca del funcionamiento del cuerpo humano, explicado con términos que tú no puedes ni siquiera pronunciar”. Y te dice: “¡Tengo la solución! Sólo necesitamos un poco de las heces de su marido”.

Tú piensas “¡Genial!” Ya estoy lo suficientemente débil como para empezar a alucinar. Al menos estos últimos días van a estar entretenidos.

El médico se te queda viendo como si de veras esperara una reacción de júbilo de tu parte, y tu marido tiene la misma cara que tú, con la expresión de no saber si les tocó el peor médico del mundo, una broma de muy mal gusto, o si el hospital vendió tu historial a un reality y pasarás los últimos días de tu vida siendo la burla de alguien más. Así que no te queda más que preguntar: “Disculpe doctor, ¿nos podría explicar qué es lo que piensa hacer?”

“Necesitamos tomar un poco de las heces de tu marido, que está sano, e introducirlas en tu intestino para curar tu infección”. Dice él de lo más tranquilo.

“¡¿Quiere que coma mierda?!” le gritas mientras piensas que si te pudieras parar ya estarías encima de él, surtiéndolo a golpes.

“Bueno”, dice el médico con una risa entrecortada cuando se da cuenta que tu marido, que sí se puede parar estaba a punto de hacer tu pensamiento realidad. Tan romántico como siempre. Pero el médico continúa explicando. “Tu infección es causada por una bacteria en tu intestino llamada Clostridium difficile.” Y con su tono de médico, añade: “Nosotros le decimos C. diff.

¡Ay! ¡C. diff! Claro, porque la causante del peor sufrimiento de mi vida merece un apodo tierno. ¿En qué piensan los médicos? De veras.

Pero bueno, asientes a manera de decirle a tu médico que continúe explicando. “Lo que está pasando es que C. diff. invadió el microbioma de tu intestino, y lo que necesitamos es restaurarlo”.

“¿Restaurarlo?” Le preguntas tú. Ya para este momento tu cara ha adoptado todas las expresiones de las que te crees capaz. “Con todo respeto doctor, pero mi intestino no es Tajamar como para necesitar ser restaurado”.

“No en el sentido tradicional. Pero se parecen mucho. ¡Yo también me sorprendí con esto!”

¡Un médico sorprendido! Piensas tú. Entonces no lo sabía todo. ¿Será esto parte de esos avances de la medicina que oye uno en las noticias? Tú te quedas con la boca entreabierta mientras el médico continúa.

“En tu intestino viven millones de bacterias. Todas interaccionando entre ellas. Algunas ayudándote a digerir la comida, otras mandando señales a tu cerebro pidiéndole que te diga que tienes hambre, ayudando a regular tus ciclos de sueño y vigilia. Otras incluso ayudan a combatir algunas infecciones. Bueno, en esta ocasión, perdieron esa batalla.”

“Cuando estás sana, tu intestino es como una selva, o un manglar, con miles de especies conviviendo entre ellas, manteniendo cierta armonía”.

Tú te detienes un momento para imaginarte un bosque en tu interior. Estás pensando en el olor a lluvia, y pino; y hasta te imaginas un alce paseando por un claro. Y cuando te das cuenta que la imagen mental de tu intestino pasó de ser la del órgano rosa hecho nudos de una monografía de la primaria, a la de un bosque en Canadá; tu médico, sin sospechar nada de eso, continúa con su explicación.

“Pero C. diff. llegó a invadir todo como un fuego. Acabó con esa diversidad, y ahora prácticamente sólo esa bacteria vive ahí”.

Tú te imaginas Mordor.

“Tu microbioma es un órgano más, en este momento no puede realizar su función y por eso estás enferma. Lo que propongo hacer, dado que los antibióticos y otras terapias no han funcionado, es hacer un trasplante completo de este órgano. Un trasplante de ecosistema”.

Tú te imaginas un pedazo de bosque ruso en un contenedor camino a Canadá.

“Por eso necesito las heces de su marido. Él tiene un microbioma sano, que, además, seguramente es muy parecido al que tenía usted antes de la infección ya que viven juntos”.

A ti te brillan los ojos de pensar que llevas años cultivando el mismo ecosistema junto con tu marido. ¿También él se estará imaginando un bosque?

Tu marido y tú asienten al mismo tiempo después de que el médico les pregunta si están de acuerdo con el procedimiento. Tu marido camina hacia el baño con un frasco en la mano, dispuesto a depositar un cachito de bosque en él. Posteriormente el equipo médico trasplanta ese ecosistema, que ya de por sí era en parte tuyo, mediante una colonoscopia.

Tú haces tú mayor esfuerzo para seguir pensando en todas las especies del bosque durante el procedimiento.

Al día siguiente, la diarrea se ha detenido por completo. Empiezas a sentirte mejor, ganas peso y a los pocos días estás fuera del hospital. Y todas las mañanas te despiertas pensando en tu bosque.

Al mes siguiente regresas al hospital y tu médico te dice que ya no hay rastro de C. diff. en tu intestino -por fin el apodo te da ternura- y que todo ha vuelto a la normalidad.

Tu médico no desaprovecha la oportunidad para volver a adoptar su tono de médico y decir: “Los reportes indican que quienes se someten a este tratamiento presentan una tasa de recuperación del 94%, sin algún efecto secundario reportado hasta el momento.” Después vuelve a su tono de sorpresa: “Nunca se había visto algo así en la medicina. Ahora los científicos están estudiando a todas las bacterias de nuestro cuerpo. Las de la piel, la boca, la vagina”.

Tú te imaginas un matorral, una cueva subterránea, y un arrecife de coral.

Anuncios