No quiero volver a escuchar ese apodo. No me malinterpreten, las reuniones familiares me gustan mucho, disfruto de la compañía de mi primo, escuchar que ha hecho en el año, cuáles puertos visitó, y de cuántos metros fueron las olas más altas de Hawaii. Cuáles fueron sus noches más claras llenas de estrellas, y las más oscuras en terribles tormentas. Las pláticas que se suelen tener entre dos grandes marineros.

Quiero mucho a mi primo, pero ese apodo me hace avergonzarme de mi mismo. ¡Y no debería! Me avergüenza avergonzarme. Los Vibrios somos bacterias capaces de grandes cosas. Le hemos dado la vuelta al mundo. Científicos de distintos institutos hacen congresos para hablar durante días y días sobre nosotros. Y hemos salido en las planas de los más prestigiosos periódicos.

Hemos logrado estas cosas gracias a que somos muy organizados. Dejen les explico poniendo de ejemplo a mi primo y sus hermanos. Unos Vibrio fischeri del archipiélago de Hawaii. Sí, Hawaii, islas volcánicas paradisiacas, tragos coquetos servidos en cocos con una pequeña sombrilla de colores brillantes, collares de flores, y amables sujetos con problemas de obesidad cantando con un ukulele. Mi primo vive en las aguas que rodean a estas islas junto a su mejor amigo, un pequeño calamar de ocho centímetros de largo. Sí, sé que suena raro. Una bacteria y un calamar siendo mejores amigos en el mar. Pero teniendo esas playas uno logra llevarse bien con quien sea, además, ¡imagínense un calamar de ocho centímetros! ¡Sólo son dos ojos con tentáculos! No puedo culpar a mi primo.

En fin, durante el día mi primo, el Vibrio fischeri, nada libremente disfrutando del terco vaivén de las olas, y el ruido del mar. Cuando cae la noche es cuando busca a su compañero, quien a la vez ya se encuentra esperándolo. Ustedes pensarían que a un calamar, aunque sea de los pequeños, le daría más o menos igual tener a una bacteria cerca. Seguro tiene cosas más importantes que hacer como preocuparse por depredadores, conseguir comida, seducir a algún otro calamar. Pero para este tipo de calamar en particular, su amistad con mi primo y el resto de los Vibrio fischeri es tan importante que tiene su propio órgano para recibirlos. Algo así como un bolsillo especial hecho sólo para los fischeri.

Dentro del bolsillo hay un cierto tipo de moco de calamar. Sé que para ustedes, humanos, esto del moco del calamar les suena tan apetitoso como, bueno, como moco de calamar. Pero créanme, a los fischeri les encanta. Y el calamar se preocupa porque haya cuantos fischeri quepan en su bolsillo, si siente que hay pocos de los hermanos de mi primo en las aguas en las que nada, no le interesa. Necesita que haya muchos. Por eso los va contando. Dos, tres, fischeri, no pasa nada. Cuatro Vibrio fischeri. Nada. ¡Cinco! ¡Es el número mágico! Cinco fischeri en su bolsillo, y el calamar asume que seguro hay suficientes a su alrededor y empieza a llamar a más.

El pequeño calamar comienza a disolver un poco de su moco en el agua que lo rodea, mandándole señales a otros fischeri para que entren a su bolsillo. Al mismo tiempo que empieza a liberar un antibiótico dentro de su moco para que sólo fischeri y nadie más ocupe sus bolsillos.

¿Por qué tanto cuidado y dedicación para llenar un órgano de bacterias que se encuentran felizmente nadando en el mar sin hacerle daño a nadie? No es el puro gusto, no es que el calamar viva angustiado por si los fischeri tienen qué comer cada noche, o si tienen dónde resguardarse, o pongan la misma cara que un cachorro de panda en peligro de extinción. No. Lo que el calamar quiere es hacerse invisible.

Yo les dije que los Vibrio somos muy organizados y que si nos lo proponemos podemos hacer lo que sea. Eso incluye, entre otras nimiedades, hacer invisibles a los pequeños calamares de las costas de Hawaii.

Los calamares aprovechan esta invisibilidad para dos cosas: 1) presumirles a otros calamares que tienen su propia manta de invisibilidad como Harry Potter; y 2) no ser vistos por los depredadores que los cazan en la noche.

Verán, a estos calamares les gusta nadar cerca de la superficie del agua. Mientras, los depredadores que nadan por abajo buscan la sombra que hace el calamar contra la luz de la Luna y las estrellas. Y es ahí donde la magia de mi primo y sus hermanos comienza. Cuando juntas muchos fischeri en un solo lugar, cuando están muy cerca unos de los otros, como en el bolsillo que rodea la silueta del calamar, los fischeri brillan. Emiten una luz muy parecida a la que da la Luna sobre las costas hawaiianas, y visto desde abajo, el calamar no emite ninguna sombra. Es, entonces, invisible para los ojos de los depredadores.

A la mañana siguiente, habiendo cumplido con honor su trabajo, y después de darse una rica cena de moco. Los fischeri abandonan al calamar y vuelven a nadar libremente en las soleadas costas del archipiélago. Y cada noche, este ritual biológico y bioquímico entre una bacteria y un calamar para conseguir la luz de la Luna, se repite. Noche tras noche.

 

Sí, mi primo y sus hermanos, al juntarse y estar en un espacio cerrado, literalmente hacen luz. Hacen luz de Luna. Hasta ese es su apodo en la familia. “¿Cómo estas Luz de luna?” les dice mi abuelita. Con semejante truco ¿cómo no van a ser los consentidos en las reuniones familiares?

Sí, es verdad, les tengo un poco de envidia.

¿Qué cuál es mi apodo?

Bueno, miren, en algunas cosas soy como mi primo. Sí, yo también soy un Vibrio. Mi nombre completo es Vibrio cholerae, a sus órdenes -perdonen que me presente hasta ahorita, pero no quería revelar mucho de mi persona, ya saben, la vergüenza-. Pero cuando salgo del mar y me encuentro en un lugar cerrado, mis hermanos y yo no reaccionamos tan grácilmente como mis primos.

A nosotros los cholerae, nos gusta nadar juntos en el mar. Estar siempre pegados con cientos de hermanos, llevados por las cálidas corrientes de los océanos hacia distintos puertos, y alimentarnos del caparazón de algunos cangrejos, y pegarnos a algunos peces.

Pero cuando a ustedes, sí, ustedes los humanos se les ocurre comernos, entramos en pánico. Sabemos que hay muchas bacterias que viven dentro de ustedes sin ningún problema, y pasan el resto de su vida ahí felizmente. Pero esa no es la vida que buscamos nosotros. Créannos, no son ustedes, somos nosotros. Seguro que son maravillosos huéspedes, pero nosotros no buscamos ese tipo de compromiso. Y nuestro amor es el mar.

Así que cuando nos encontramos en ese lugar caliente, oscuro, y ácido que es su tracto digestivo, varios de nuestros hermanos empiezan a morir. Los sobrevivientes entramos en pánico y hacemos lo posible por salir, sin importar qué nos llevamos a nuestro paso. Empezamos a secretar varias toxinas que generan en ustedes una diarrea terrible. De las peores que pueden experimentar. Ustedes le llaman cólera. De ese grado es nuestra desesperación por volver al mar, y navegar las corrientes.

Y no puedo evitarlo. Está en mis genes. Es lo único que se hacer en esa situación. Sólo unos cuantos genes me separan de mis primos. Pero la diferencia de sus efectos es grande. Si tan solo tuviera esos pocos genes que tienen mis primos. Ellos se juntan con sus hermanos y hacen luz de luna. Yo me separo de mis hermanos y hago diarrea.

Así que por más puertos que visite, y por más vueltas que le dé al mundo, no puedo competir con mi primo, que literalmente ilumina la noche.

Ya lo veo venir en la comida familiar, alejándose de los mimos de la abuela “¿Cómo te fue este año Luz de Luna?” Y acercándose a mí para darme mi abrazo, y que me pregunte con su estúpida sonrisa “¿Cómo has estado Cara de culo?”

 


Este es uno de los cuentos que leeré en la Fiesta de las Ciencias y las Humanidades este sábado 24 de septiembre en Universum. Todos los cuentos tratarán de microbios y los agrupé bajo el título Crónicas Microbianas.

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