Todo empieza con un sonido. Un miembro de la tribu Yao, en Mozambique, hace un llamado en medio de la sabana: brrrrrrr ¡hm!, y de pronto aparece un ave, el indicador grande (Indicator indicator). Pero no es cualquier ave. Igual que a otros miembros de la tribu, al Yao se le antoja mucho la miel y como su nombre lo dice, el ave les indica a los cazadores en qué árbol y en qué rama se encuentra una colmena. Sin la ayuda de un indicador esta tarea es complicada para un humano que va caminando; cuando los cazadores abren el panal, un trabajo casi hercúleo para el ave, y se llevan la miel, dejan expuesta la cera y las larvas, la comida preferida del plumífero.

¿Cómo empezó esta relación? Aún nadie lo sabe con certeza. Claire Spottiswoode de la Universidad de Cambridge en Inglaterra, y su equipo de trabajo entrevistaron a 20 miembros de la tribu Yao, y todos respondieron de la misma manera: “Aprendí el llamado de mi padre y él del suyo”. Parece ser una tradición muy efectiva; llamar a las aves vocalizando el sonido brrrr ¡hm!, aumenta la probabilidad de ser conducido hasta un panal por un indicador, y una vez que la búsqueda comienza, humano y ave logran su cometido tres cuartas partes de las veces.

En el artículo publicado el 22 de julio en la revista Science, Claire y su equipo de trabajo grabaron el sonido que utiliza la tribu Yao para llamar al indicador, y otros dos sonidos parecidos como control. Acompañados de algunos cazadores, los investigadores caminaron por la sabana reproduciendo estos sonidos. Al reproducir los sonidos utilizados como control, la probabilidad de ser guiado por un indicador fue de 16%, mientras que con el llamado de los Yao, la probabilidad aumenta a un 54%.

¿Cómo aprende a reconocer el ave el sonido que hacen los Yao? “Es una muy buena pregunta, y responderla es el siguiente paso en nuestra investigación”, responde Claire Spottiswoode a Cienciorama. “Lo que sabemos hasta ahora es que el ave no tiene oportunidad de aprenderlo de sus padres, ya que es un parásito de nido.”

A pesar de que el indicador parece llevarse bien con los humanos y beneficiarse de esta relación, no es la misma historia con otras aves. Un trabajo anterior de la Dra. Spottiswoode cuenta que los indicadores son parásitos de nido, es decir, los padres del indicador dejan su huevo en el nido de otras aves. Cuando el indicador polluelo sale del huevo, mata al resto de los polluelos del nido y es alimentado y cuidado por sus padres sustitutos.

La Reserva Nacional Niassa, en Mozambique, no sólo es importante para el cuidado de las poblaciones de elefantes, leones, y perros salvajes, ahí también habita parte de nuestra cultura. “Tristemente, el mutualismo entre el indicador y los humanos está desapareciendo en muchas partes de África, y principalmente prospera en áreas silvestres como la Reserva de Niassa, donde las personas aún coexisten con la vida silvestre”, comenta Claire. “Sería maravilloso entender por completo esta parte de nuestra propia ecología y evolución antes de que sea demasiado tarde”.

 

Fuente: “Reciprocal signaling in honeyguide-human mutualism,” by C.N. Spottiswoode at University of Cambridge in Cambridge, UK; C.N. Spottiswoode at University of Cape Town in Rondebosch, South Africa; K.S. Begg; C.M. Begg at Niassa Carnivore Project in Rondebosch, South Africa. Science. 22 de julio 2016.

Imagen: Orlando Yassene, un cazador de miel de la tribu Yao, sostiene a un indicador grande en la Reserva Nacional de Niassa, en Mozambique. Foto de Claire Spottiswoode.


Originalmente publicado en Cienciorama.

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