Durante los últimos seis años, Bo Wang ha visitado frecuentemente los mercados de ámbar de Myitkyina, en Myanmar, y Tengchong, en China, analizando minuciosamente miles de estas resinas. Lo que buscaba son historias que quedaron congeladas en el tiempo “Hemos analizado más de 300,000 piezas de ámbar buscando a insectos que se decoraran a sí mismos”, nos cuenta Bo Wang para Cienciorama. “Finalmente, encontramos 34 piezas con esa característica”.

¡Treinta y cuatro de entre 300,000! son muy pocas piezas, no es nada común. Y es que lo que Bo Wang y su equipo de trabajo del Instituto de Geología y Paleontología de la Academia China de Ciencias buscan, es algo extraordinario. Utilizar decoraciones es un comportamiento muy complejo pues requiere de habilidades para reconocer, recolectar y lograr acomodar materiales sobre su cuerpo para pasar desapercibidos y mezclarse con el resto del medio ambiente. Una aguja dentro del pajar evolutivo.

Entre las 34 piezas de ámbar –algunas conseguidas gracias a la colaboración con colegas franceses y libaneses–, los investigadores chinos encontraron tres tipos de insectos –miembros de las superfamilias: crisopóntidos, mirmeleóntidos, y redúvidos-, y cada uno utilizaba una mezcla de arena, madera, hojas de helechos, y otros restos vegetales para construir una coraza que les permitía mimetizarse con su medio ambiente. Incluso, algunos insectos utilizaban exoesqueletos de sus presas para decorarse, una estrategia conocida como lobo con traje de oveja. Estas decoraciones de si mismos funcionan como un tipo de camuflaje. “La diversidad de estos especímenes es impresionante” dice Bo.

En las imágenes que acompañan a este texto, se puede observar la reconstrucción artística de un insecto mirmeleóntido. En la parte de abajo, empezando por la derecha, se pueden ver dos insectos cubiertos con una coraza de desechos vegetales y arena (H, G). El siguiente espécimen es un insecto sin decoración, siendo atacado por una araña (F). Parece que, en efecto, las decoraciones son una buena ventaja.

Estos fósiles son los restos más antiguos con evidencia de un insecto utilizando camuflaje, y datan de hace más de 100 millones de años, antes de que aparecieran las plantas con flor, reportan hoy 24 de julio en la revista Science Advances. Es más fácil encontrar estas evidencias dentro del ámbar y no en fósiles rocosos o mineralizados, ya que “el ámbar puede preservar una morfología tridimensional –comenta el Dr. Wang– y los eventos cotidianos muy rara vez se conservan en las rocas”.

Pero esta resina guarda más que eso, es una fotografía de todo un ecosistema. Muchos de los restos vegetales que encontraron pertenecen a un grupo de helechos que se sabe eran los primeros colonizadores después de un gran incendio. Esto indica que los incendios forestales eran bastante comunes durante esa época, lo cual también está relacionado con una mayor producción de resina.

Bo Wang logró, junto con su equipo de trabajo, mirar una fotografía de hace millones de años congelada en el tiempo, y darle vida a todo un ecosistema.

 

Fuente: B. Wang, F. Xia, M. S. Engel, V. Perrichot, G. Shi, H. Zhang, J. Chen, E. A. Jarzembowski, T. Wappler, J. Rust, Debris-carrying camouflage among diverse lineages of Cretaceous insects. Sci. Adv. 2, e1501918 (2016).

Imagen: Ninfas de mirmeleóntidos. Arriba: Reconstrucción basada en los fósiles encontrados. Abajo: E: Cabeza de larva. F: Larva sin camuflaje siendo atacada por una araña. G y H: Larva con camuflaje. Las barras de escala en E y G son de 0.5 mm; en F y H son de 1 mm.


Nota publicada originalmente en Cienciorama.

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