Cuando pienso en regalar un ramo de flores, siempre se me antoja regalar uno de flor de calabaza. ¿Qué mejor que algo bonito que además te puedes comer? Parece que las culturas precolombinas del centro de México tenían una idea parecida a la mía. Después de domesticar la calabaza junto con el maíz y el chile hace unos seis mil años, aquellos agricultures la fueron regalando y resembrando, y se cultivó primero hacia el norte y luego al oeste, cubriendo todo lo que ahora es México y parte de Estados Unidos y Canadá. Lo que no sabían estos agricultores es que detrás de la calabaza venían sus abejas.

Margarita López Uribe, una investigadora colombiana, y su grupo de trabajo en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, en Estados Unidos, conocían bien los hábitos de la abeja de la calabaza (Peponapis pruinosa). Se trata de una abeja que no vive en colonias ni panales, sino que hace nidos pequeños en el suelo y es una especialista, sólo colecta el polen de las calabazas. Pero lo que querían averiguar era su historia.

Una manera de saber la historia de una especie es conocer el ADN de sus distintas poblaciones. No es necesario conocer su genoma completo. Si se estudian las partes más variables, y si se cuentan y comparan las mutaciones que han sufrido, se puede saber cuándo se formó cada población contabilizando cada mutación como un movimiento en la manecilla de un reloj evolutivo.

Analizando estas zonas variables del genoma de distintas poblaciones de las abejas de la calabaza, Margarita López encontró que se fueron expandiendo con ella desde su migración hace cinco mil años. “Éste es el primer estudio en reportar que un insecto benéfico –en este caso un polinizador–, se mueve siguiendo la migración de los cultivos a los que poliniza”, cuenta Margarita a Cienciorama. “En este estudio también concluimos que la abeja no sólo es dependiente de la calabaza, sino también de los humanos, ya que necesita a las plantas domesticadas”.

Las zonas variables del genoma también mostraron que mientras más lejos se encontraran las abejas de la zona central de México, había menos diversidad en sus poblaciones. Esto llevó a los investigadores a sospechar que las poblaciones más aisladas iban a tener problemas de salud, pues cuando hay poca diversidad genética en una población, es como si vivieran puros familiares en ella y los apareamientos se hicieran entre primos. Una consecuencia esperada de esto es encontrar una gran proporción de machos estériles. Pero al estudiar las poblaciones distantes no hallaron los síntomas relacionados con una baja diversidad –como la baja proporción de machos estériles–, y aún no logran darle una explicación a esto. “Los resultados nos muestran que hay partes de la biología de estas abejas que aún no entendemos”, dijo la Dra. López refiriéndose a este fenómeno esperado en una población con baja diversidad genética.

A pesar de estos resultados, hay algo que preocupa a los investigadores: en las plantaciones industrializadas las abejas de la calabaza no están presentes. Parece que labrar la tierra con máquinas grandes destruye los nidos de las abejas y eso les provoca estrés. “En el siguiente proyecto me enfocaré en el estudio de cómo estas abejas colonizan una nueva zona, y esperamos encontrar mejores maneras de llevar a cabo las prácticas agrícolas para reducir el impacto que tienen en las poblaciones de las abejas de la calabaza”, nos comenta Margarita.

Un regalo de calabazas es sabroso, pero si viene con sus propias abejas nos ayuda a todos a sobrevivir y a tener mejores cosechas. Esperemos que los siguientes resultados de Margarita López Uribe, a quien le gusta comer sus calabazas en guiso con tomate, ayuden a mejorar nuestra relación con estas abejas que dependen de nosotros.

Referencias: Margarita López Uribe, et. al, “Crop domestication facilitated rapid geographical expansion of a specialist pollinator, the squash bee Peponapis pruinosa” Proceedings of the Royal Society B. 21 de junio del 2016

Imagen: Peonapis pruinosa – Abeja de la calabaza. Imagen del dominio público. http://www.ars.usda.gov/Research/docs.htm?docid=16595

 

Originalmente publicado en el portal Cienciorama.

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