En México existe la leyenda de un dios en forma de serpiente, pero cubierto de plumas, de nombre Quetzalcóatl, quien creó nuestro mundo y nos creó a nosotros. Quetzalcóatl también se preocupó por darnos alimento, y fue por eso que se convirtió en hormiga negra, para ir detrás de la hormiga roja y conseguir el maíz que nos daría fuerza. Pero el maíz no era suficiente, Quetzalcóatl quería sacar el maíz negro, el blanco, el frijol, la chía y todos los alimentos que había en el cerro de la subsistencia, para lo cual llamó a Nanáhuatl para que destrozara el cerro con su rayo y los dioses de la lluvia arrebataran el alimento que ahí había. La ciencia ahora nos dice que debieron existir al menos dos de esos cerros.

El frijol tuvo un solo origen como legumbre salvaje hace más de 168,000 años en alguna parte de América. En su ir y venir por los bosques y selvas americanas, el frijol mesoamericano salvaje dio lugar a una variedad diferente, la de los Andes,  hace aproximadamente 165,000 años. Para ese momento las dos subespecies tenían semillas de tamaño pequeño y aunque había mayor variedad entre los frijoles salvajes mesoamericanos, no era comparable con la variedad que conocemos actualmente.

La domesticación fue la que logró generar la gran diversidad de frijoles que conocemos, además de aumentar el tamaño de su semilla y la cantidad de semillas por vaina, así como la cantidad de vainas por planta. Este asombroso proceso por el cual pasaron también el maíz, la calabaza y el chile –el resto de sus compañeros en el cultivo de la milpa– no sólo sucedió en México, sucedió también en Sudamérica.

Para llegar a esta conclusión no basta con echarle más agua a los frijoles, un grupo de investigadores de distintos institutos y universidades en Estados Unidos y Francia, liderados por  Jeremy Schmutz, obtuvieron un borrador del insondable genoma del frijol salvaje, Phaseolus vulgaris. Y con 80% de la secuencia total del genoma, lograron contar buena parte de su historia.

La domesticación deja huellas indelebles en los genes. Al compararse los genes de los frijoles silvestres con los genes de los frijoles domesticados podemos encontrar aquellos que jugaron un papel importante en la domesticación tienen uno o varios cambios en su secuencia, pero con una característica importante: siempre son los mismos y siempre están ahí. Están fijados.

Las cosas no fueron tan sencillas para Jeremy y su equipo. Ellos estaban encontrando dos versiones de estas variaciones fijas, dos maneras de convertir un frijol salvaje en uno digno de la cocina, encontraron la historia de dos frijoles.

Al ver con mayor detalle la secuencia de las diferentes variedades de frijol que habían secuenciado –aparte del genoma del frijol salvaje, Jeremy y sus colegas secuenciaron 160 variedades de frijol cultivadas a lo largo de toda América–, encontraron que había ciertas adaptaciones para diferentes zonas. Por ejemplo, una mayor resistencia a la altura y el frío en las variedades andinas. Había entonces dos adaptaciones, dos historias dentro de los genomas.

Hay más dentro de las mutaciones que adaptaciones y cambios fisiológicos, también hay cambios en la secuencia de los genes, que parecen no modificar de gran manera las capacidades o cualidades de la planta. Se les llama mutaciones neutrales, son mutaciones que ni benefician al individuo, ni lo perjudican, pero generan un cambio en su genoma. El ritmo con el que estas mutaciones aparecen es casi constante, como el de las agujas de un reloj, y al contarlas se puede calibrar el paso del tiempo, se puede calcular un reloj molecular. En el caso de estos dos frijoles, su reloj nos cuenta que ambas domesticaciones sucedieron –en México y en alguna región de Sudamérica–, hace cerca de 8,000 años.

Solamente con las secuencias de ADN de los frijoles y su punto de origen los investigadores de este estudio lograron sacarle un buen caldo a sus frijoles. Nada mal para investigadores que, al igual que el resto de nosotros, están hechos de maíz.

 

Originalmente publicada en límulus.

La bonita ilustración es de Santiago da Silva y Daniela Correa Field.

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